martes, 5 de noviembre de 2013

Querido Sam, entrañable Peckinpah



“Compañeros mortales” es la única de las películas que me faltaba por ver de tu filmografía, curiosamente la primera que hiciste. Después de verla no pude por menos que bajar a tus infiernos dorados.
Y bajé...

Cabalgué hacia un duelo en la alta sierra entre manantiales de agua fresca bajo el manto crepuscular de unos horizontes donde los héroes fueron sustituidos por perdedores de por vida. Nos mostraste, entre otras sabrosas escenas, el fundamentalismo religioso más rancio y vomitivo junto a  la amistad traicionada y luego recuperada en situación límite que es cuando de verdad afloran los verdaderos sentimientos. El viejo oeste moría, los tiempos cambiaban… 

Sin tiempo cinematográfico para respirar me embarqué en la aventura del Mayor Dundee donde volviste a enfrentar a dos amigos que, aunque unidos hasta atrapar al indio Charriba,  sobreviven por caminos opuestos. Ay de esos  tus caminos polvorientos y  sin límites….
 Te busqué, en Pat Garrett, adaptándose a los nuevos tiempos,  persiguiendo y asesinando a su antiguo amigo Billy (el inadaptado por excelencia de todo tu inadaptado cine) pero muriendo interiormente  mientras abría fuego hacia  su propia  imagen en el espejo. Entretanto sonaba la música de Bob Dylan llamando a las puertas del cielo… 
 Después me dirigí  hacia tu obra maestra contemplando a unos forajidos entrando en un pueblo y  robando un banco para dar  lugar a una de esas escenas por las que llevas el sobrenombre de poeta de la violencia.  Pero la poesía, tu poesía no está en las imágenes ralentizadas de muertes con sangre fácil, está en ese grupo salvaje saliendo del poblado mexicano. Esos ladrones de trenes y de bancos,  son despedidos como  reyes corporales de un  Olimpo desértico, agonizante, decadente, alacranesco. 
 Tú, suicida de alcohol y drogas, rodaste el suicidio más hermoso de la historia del cine cuando los cuatro delincuentes bajo el pretexto de liberar a su amigo de las garras del general piensan por lo bajini: ¿Y por qué no?.
 Después visité la inhumana violencia de unos perros de paja enfrentada a la violencia interior del matemático cabezota….. no pude ver al gran Warren Oates en su papel protagonista del digno poseedor de la cabeza de Alfredo García pero sí que mi vista alcanzó ese desierto donde  Cable Hogue encontró agua, puta y sacerdote que sermoneara su muerte.  Nunca vi una cara de pillo más asombrosamente seductora y entrañable que la de Jason Robards en esa cinta, en la que por cierto, y no me había dado cuenta hasta que volví a verla de nuevo, el nombre de Hildy aparece en una escena graciosa y tierna. 

Cuanta rabia me da  que al hablar de ti me respondan con el “ah sí, el de las películas violentas”… ¿Es que alguien ha descrito con más exactitud la violencia interior del ser humano? ¿O el fin del salvaje oeste ante el avance irreversible de la “civilización”? (Ford mediante)  ¿O una mirada más llena de ternura como la de Cable Hogue hacia Hildy?

No hay palabras para escribirte Sam, mi folio en blanco día tras día se negaba a ser invadido por este perro de paja de las teclas. Así que discúlpame por mi atrevimiento. 
 Perdedor que ensalzaste a los perdedores,  que inculcaste un código de conducta moral  a los  parias y  asesinos,  a los que normalmente en las pelis llamamos  los malos…. siempre serás uno de los grandes,  pero también uno de los nuestros.




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